
Romare Bearden. “Family dinner” – 1993
Los González Muñoz viven en La Florida.
Don Mario, contador, sale temprano y vuelve a las 8:30, listo para sentarse a comer con su familia.
Sonia, su esposa, es dueña de casa.
Por las mañanas hace el aseo general, como el 67% de las mujeres lo hacen en sus casas. Es maniática de la limpieza; de hecho, Mario se queja de que el lavalozas que tanto usa Sonia (95% dice que es el artículo que más usa) está muy caro y se enoja porque Sonia no lo hace rendir.
Sale a barrer la vereda y se enoja; se da cuenta que hoy a Mario se le olvidó sacar la basura, esa tarea que el 55% de los hombres realiza en sus casas.
A eso de las 5 llegan Juan y Javiera. Vienen cansados del colegio; el metro venía lleno. Al menos ellos, como el 77% de los chilenos, tiene redes sociales y pasan el trayecto pegados ahí, aunque van asustados de que se los roben.
Juan y Javiera tiran las mochilas y van directo a sus habitaciones. Ponen la música fuerte, siguen navegando en la infinitud de sus celulares.
Llega Mario.
“A comeeeer”, grita Sonia desde la cocina, asomándose a la mesa con la fuente de cazuela.
La comida va en silencio. Palabras rutinarias.
Sonia está molesta; para el día de la madre sus hijos, concertados con Mario, le regalaron chocolates una vez más. Ella quería otra cosa; que la invitaran a comer o almorzar fuera. Salir de la esfera doméstica, tal como quiere más de un tercio de las madres. Pero nadie le preguntó.
-¿Puedes parar de mover la pierna?- le dice Sonia al marido-. Tiembla toda la mesa!
-No sabía que te molestaba tanto.
–Ese es el problema.
-Pero mamá, qué onda. Hace días que andai saltona-, acota Juan.
-¿Cómo que ese es el problema? -, responde Mario.
Y Sonia, con una seguridad que pocas veces había desplegado en las comidas familiares, arrancó a decir:
El problema es que nunca saben nada de mí. Nunca me preguntan ni cómo estoy, ni qué quiero, ni qué me molesta, ni qué pienso de tal o cual cosa.
Eso siempre nos pasa, mamá. A mí solo me preguntan cómo me fue en el colegio y nadie espera que le conteste otra cosa que “bien”. – añade Javiera, resignada. – Vivimos en la misma casa y sabemos poco sobre nosotros mismos- insiste Sonia. Harto más fácil sería comunicarnos si supiéramos más.
¿Y qué tanto tengo que saber?, ironiza Mario, haciendo un intento inútil por alivianar el ambiente, pero Javiera ya armó su artillería:
Por ejemplo, que prefiero la música que las series, y dentro de la música soy del 3% de los jóvenes que prefiere la cumbia. Que cuando grande quiero trabajar en una empresa internacional, y que, a pesar de la moda, soy del grupo que prefiere Nike (16%) que Adidas (26%).
-¡Haberlo dicho, antes! -dice Sonia-, manso gasto que hicimos y nunca te pones las famosas sambas.
El humor de Sonia levantó la capa pesada de niebla que caía sobre la mesa de los González. – Harto más fácil es conversar cuando sabemos con quién estamos hablando…-, reflexiona Juan, dócil, mientras deja su celular en el suelo y se une a la inesperada sobremesa familiar de un martes por la noche cualquiera.
Comunicarse bien no es fácil. Tenemos que conocer a quien le hablamos: mientras más sepamos del otro, más eficiente será esa comunicación. Por eso en Narrativa contamos historias a partir de los datos, no de suposiciones ni intuiciones: conocemos a los chilenos, sabemos qué prefieren, qué consumen, qué priorizan. Ayudamos a las organizaciones a conectar, a que lo que necesiten decir, no se esfume en el aire.