Por Amelia Eguiguren
Subdirectora de cuentas en Narrativa by Cadem
Justicia, moral, educación y aprendizaje. Parecen palabras demasiado fuertes para relacionarlas a una sala de clases. A ese espacio donde niños y niñas se forman no sólo en su inteligencia intelectual, sino también en el plano social y emocional y donde está en juego ni más ni menos que el futuro de la humanidad. Es en ese entorno donde aprenden matemáticas, lenguaje, historia y ciencias, pero además de eso, donde aprenden a relacionarse en sociedad. Y, sin ir más lejos, serán esos conocimientos los que apliquen en su futuro, sea cual sea el elegido, una vez adultos.
Hoy, lunes 14 de octubre de 2024, la justicia chilena leerá por primera vez la sentencia a un alumno condenado por agredir a un profesor en una sala de clases. Fue en esa sala de clases de San Ramón donde los golpes de un estudiante de 17 llegaron a fracturar la nariz y mandíbula del académico, siendo tal el nivel de destrucción de su cara que solo pudo ser reconstruida a través de una cirugía en la que se le implantaron cerca de 20 tornillos. ¿Por qué se llegó a esto? Es la pregunta que muchos nos hacemos. La respuesta no tranquiliza: el docente, antes de recibir el primer puñetazo, le estaba comunicando a su estudiante que debía repetir de curso.
Es justamente esta la temática que busca visualizar la última película dirigida por el alemán Ilker Çatak: La sala de profesores. Este drama, que logró posicionarse entre las cinco candidatas a mejor película de habla no inglesa en los Óscar de este año, relata de forma fidedigna lo que pasa hoy dentro de una sala de clases. Ese espacio que por muchos años estuvo a cargo de profesores y profesoras, que era considerado un espacio de protección, pero que hoy ha desdibujado los roles y plantea la duda sobre quién es la verdadera autoridad.
La película narra el lento y tortuoso hundimiento de una profesora de 29 años que llega llena de energía a un colegio en Alemania. A través de sus escenas –entre pizarrones, sillas y pupitres- muestra cómo hoy ser profesora es mucho más que desafiar el intelecto de sus aprendices. En algunos casos, se trata incluso de cómo sobrevivir a los desafíos violentos de un alumnado perdido.
En una sociedad donde los profesores no son vistos como autoridades, donde los padres justifican las conductas violentas de sus hijos y donde el alumno destacado perdió cualquier beneficio por su rendimiento, que un joven le reviente la cara a su profesor puede no ser solamente una escena de ficción.
El 2023 fue el año con más denuncias por violencia escolar en la última década. Fueron 4.502 casos (datos de la Superintendencia de Educación), casi 1.500 denuncias más que en 2019, último año antes del inicio de la pandemia.
Pero quizás más qué preguntarnos qué pasa con nuestros niños y niñas, nos debemos preguntar qué pasa con nuestros adultos. Qué desafíos decidieron soltar como para que, de un minuto a otro, abdicaran de ejercer su autoridad y dieran cancha para ver las escenas que vemos hoy.