No deja de ser irónico que uno de los programas de conversación política que han marcado nuestra historia televisiva se llamara “A esta hora se improvisa”. (1969-73).

En honor a la verdad, se improvisaba poco: los participantes estudiaban y se preparaban bien para estar a la altura de una conversación de nivel, conducida por la genialidad de Jaime Celedón. Y, en honor a la verdad también, no hubiese sido taaan grave que se improvisara: en esos tiempos, apenas un 10% de la población chilena tenía televisión.

Otra cosa es improvisar en 2024, y peor aún, en la política. Al día de hoy, es difícil que exista un smart phone en Chile al que no le haya llegado -sino el video de la conferencia del Presidente Boric para abordar el caso Monsalve-, los memes del  reto a su asesora y los infinitos derivados de la creatividad digital acerca del caso.

Improvisar, dice la RAE, es hacer algo de pronto, sin estudio ni preparación.

Boric se entregó a la improvisación. Sucumbió a la autopercepción de sí mismo y dejó que su yo momentáneo saliera a enfrentar la crisis. La preparación del mensaje, la anticipación del efecto de sus palabras, básicamente no le importaron. El Presidente creyó que transparencia sería suficiente para que la señora Juanita, don Pedro, y la prima Graciela dijeran en sus casas que en verdad sí, que el Presidente está sufriendo e hizo todo lo posible, aun cuando dejó pasar 48 horas entre enterarse que su subalterno era denunciado por violación, hasta sacarlo de su cargo.

A Boric su intuición le dijo que podía confesarse en público y que con esa súplica sería absuelto.

En los tiempos que corren, comunicación en situaciones de crisis e improvisación no van de la mano.

Sabemos que todo mensaje debe partir desde la verdad; que sin honestidad no hay comunicación efectiva. Pero otra cosa es emborracharse con la intuición y lanzarse al vacío. Para comunicarse bien se necesitan datos, porque a esta hora no se improvisa. Lo responsable, sobretodo si se representa a algo más grande que uno mismo, es anticipar escenarios, estudiar a tu audiencia, planificar las palabras, ensayar los énfasis, contar hasta diez y pensar profundo antes de hablar.

Ya lo dijo Aristóteles: el hombre es dueño de sus silencios, y esclavo de sus palabras.