Antes de que X, la red social de Elon Musk, fuera lo que es hoy, era Twitter, una plataforma creada por Jack Dorsey. En algún momento Mark Zuckerberg se subió al tren del microblogueo e inventó Threads, y no mucho después Jack Dorsey colaboró para resucitar el alma del Twitter original, formando Bluesky. ¿Suena complejo? Sí, pero todo quien esté mínimamente imbuido en su celular sabe quiénes son estas personas y qué representan sus respectivas plataformas.

                  Twitter, el que conocíamos todos, era célebre por varias características, a veces contradictorias entre sí: una red con 368.4 millones de usuarios activos al mes, pero al mismo tiempo era una red de la elite, poco representativa de la realidad. Una red en la que se podía decir cualquier cosa, pero no cualquier cosa. Una red social donde se podían discutir temas y hacer amigos, pero también un espacio para la furia desatada de troleo venenoso y dañino que podía hacerte enloquecer y ser cancelado en un segundo.

Se podría decir que Twitter se parecía a la realidad, porque la realidad es contradictoria y llena de incertidumbres y conflictos, pero por más variopinta que sea la realidad, estamos acostumbrados a habitar pequeños círculos más o menos homogéneos, alejándonos de lo más diverso a nosotros para no incomodarnos ni enemistarnos demasiado. Es una estrategia de supervivencia: no podemos exponernos a una guerra constante, por lo que decidimos quiénes son nuestros amigos, decimos que no a situaciones familiares o laborales incómodas, frecuentamos lugares donde nos sentimos acogidos y no vamos a buscar conflictos por deporte. Entonces Twitter, en algún momento, fue algo más parecido a un ring de lucha libre que a la vida misma. Sólo gente con cuero de chancho puede participar y dar su opinión, y muchos que se consideran a sí mismos moderados decidieron desistir de ese foro incendiario.

 Los que quedaron, en tanto, siguieron su guerrilla: izquierda versus derecha son los bandos principales de la red, y los primeros, al ver amenazado su protagonismo por troles de derecha aleonados por Musk, el nuevo dueño, decidieron migrar a Bluesky, la alternativa progresista a una red que ha tomado al valor de la libre expresión a rajatabla.

                  Bluesky, creada en 2019 por Jack Dorsey como un intento de descentralización de Twitter, ha crecido en popularidad estos últimos meses y ya alcanza un growth rate de 10.15 usuarios por segundo según este sitio web donde se puede ver su crecimiento en tiempo real. El slogan de Bluesky es: “La red social como debiera ser”, haciendo alusión a la imposibilidad de diálogo que se ha desatado en X, el ex Twitter. Los usuarios de Bluesky se identifican más con la izquierda, son en su mayoría americanos, pero ya están llegando extranjeros e incluso chilenos, para tratar de tener diálogos más constructivos y efectivamente tener un espacio de intercambio de ideas. Pero ¿existen diálogos constructivos entre personas que opinan más o menos lo mismo? ¿No será Bluesky un intento desesperado de reproducir estas curatorías sociales que hacemos en la vida real, pero en el espacio de internet? Quizás ya no es posible separar esos dos espacios: probablemente pasamos más tiempo en nuestros celulares que interactuando con personas de carne y hueso, así que tener una plataforma libre de conflictos y violencia verbal es casi un imperativo para nuestra salud mental. Pero luego asalta otra pregunta ¿Es posible que todos los usuarios de Bluesky se mantengan de acuerdo en esta idílica red social? Tiendo a pensar que no, y que espontáneamente nacerán, entre todos esos usuarios aparentemente amigos, algunos disidentes que se hartarán de estar de acuerdo. Hay gente que no soporta el pensamiento de grupo y asentir constantemente, y esos son los primeros que comenzarán a incomodar en el paraíso.

                  En X, los que quedan (que no son todos troles de ultraderecha, como quieren pintar algunos) se ríen de los desertores. No creen que la moda les dure demasiado, pero no pueden ignorar que grandes medios de comunicación han saltado al otro barco: The Guardian y La Vanguardia, por ejemplo, han dicho que no están dispuestos a formar parte de una “red de la desinformación”.  Estas declaraciones son flojas, ya que en X hay y no hay desinformación, al igual que en Bluesky y en Threads y en Instagram. Lo que realmente molesta a estos medios es la posible preponderancia que están teniendo los mensajes más cargados a la derecha del espectro político, y las sospechas de que Elon Musk, tras la adquisición de la plataforma y su apoyo explícito a Donald Trump, esté moviendo los hilos para darle más cabida a su tipo de discurso.

Existe la opinión de que estas plataformas son necesarias en el mundo de hoy; la gente se informa (y desinforma) a piacere y tiene interacciones con figuras poderosas que de otra manera estarían fuera de su alcance. De seguro han colaborado con la descentralización de la información y la democratización de los asuntos públicos, pero no han logrado ser la plaza pública imaginada y deseada: un paseo a pies descalzos por la antigua Atenas, con túnica de tela ligera y mirada curiosa y hambrienta de conocimientos, con voluntad de escucha, con Sócrates a un lado haciendo preguntas que llegaban a la verdad y un montón de satisfacción intelectual. No es posible. En primer lugar, en esa plaza pública no había mujeres, no había niños y tampoco diversidad cultural. Los foros de opinión pública hoy en día son gratis, accesibles a todos (un 84,5% en Chile interactúa con redes sociales, según Cadem) y, aparte de la cantidad de likes y seguidores, no es difícil conseguir una posición jerárquica y una voz.

                  La discusión sobre la posibilidad de existencia de una red social masiva con oportunidad de diálogo constructivo es eterna y compleja, y está encarnada en el nacimiento de todas estas plataformas que prometen llenar un vacío, satisfacer una necesidad. Pero lo que no estamos pensando es que quizás la necesidad es inventada, no existe: puede ser que nuestros cerebros no estén todavía lo suficientemente evolucionados como para tolerar la cantidad de opiniones y micropensamientos escritos de tanta gente que no conocemos y cuyas caras y tonos de voz solo podemos adivinar. Quizás para siempre estemos tentados a irnos a lugares más silenciosos, siguiendo el tópico de Fray Luis de León, de “alejarse del mundanal ruido”, que para él eran los ambientes universitarios, alborotados y gritones, y partir donde prevaleciera la sana discusión de ideas.

Nada cambia, dice Platón, y quizás somos ingenuos al pensar que otra red social va a solucionar el problema de la hiperinformación de hoy en día. Lo más probable es que terminemos en pequeñas polis atomizadas donde se discuten temas específicos entre las mismas personas; un conjunto de echo chambers (cámaras de eco) que sean una representación quizás más fiel de nuestra aislada y bien curada realidad.