En el colegio de mis hijos nos hicieron ponernos de acuerdo, con los demás apoderados del curso, acerca de las restricciones que les pondremos a los niños para el uso de sus celulares. Los lineamientos tenían que ver con la edad en que les daremos celular, las horas al día en que podrán ocuparlos, la autorización o prohibición a usar redes sociales y la posibilidad de que el celular se quede en el dormitorio del niño en la noche. Esta iniciativa es una estrategia del colegio tomada a conciencia, respondiendo a los problemas que los celulares y redes sociales conllevan: ¿cómo lo hacemos para contener esta fuerza enorme, este acceso ilimitado a la información por parte de estudiantes adolescentes que, por definición, no tienen el cerebro totalmente formado? ¿Cómo regulamos el acceso a ese Aleph que es un celular, respetando la agencia de los padres en la educación de sus hijos, sin prohibir usos, pero sin ser ingenuos en cuanto a los riesgos que tiene dejar que niños y niñas usen celulares de manera ilimitada?
Como buena apoderada quejumbrosa, me pareció que conectarme con papás que no conozco muy bien a llegar a acuerdos sobre el celular y la crianza de mis hijos, era una actividad soporífera. “Que cada uno haga lo que quiera”, exclamé cuando leí el mail con la iniciativa. Pero después de sentir frustración, sentí rabia: ¿Por qué estamos a merced de las decisiones de los dueños de las redes sociales, que no tienen la mínima deferencia de poner límites en el uso de sus herramientas? ¿Por qué Mark Zuckerberg -dueño de Meta (Facebook, Instagram, Whatsapp entre otras redes) no se preocupa de que los adolescentes usuarios de sus redes estén mejor protegidos? Y dos semanas después, aparece un mensaje del mismo Mark en su X llamado Threads, diciendo:

Fue ahí cuando me di cuenta de que estamos viviendo una revolución profundísima en el mundo con las redes sociales, que tiene alcances insospechados para nosotros aún, y que los cambios, regulaciones y leyes se están creando ahora mismo para contrarrestar los daños producidos por esta revolución. Hemos inventado una máquina demasiado grande y tenemos que aletear desesperados para intentar contenerla aunque sea un poco, aunque sea ficticiamente. Por eso los acuerdos por zoom con los papás del colegio se sienten ridículos: porque son una medida desesperada en un mar de problemas que ni siquiera logramos dilucidar bien.
Los charlistas anti redes sociales que visitan los colegios se limitan a explicar posibles consecuencias de la exposición a las redes y a internet en los niños, pero la verdad es que la generación Alpha, que nació sabiendo usar un celular, todavía no es adulta. ¿Cómo van a trabajar? ¿Cómo serán sus hábitos de consumo? Son preguntas interesantes para la investigación de marketing, pero insisto: hasta el momento consiste en meras especulaciones.
En estas vacaciones de septiembre me tocó estar alrededor de dos niños nacidos el 2022. Ninguno de los dos habla, pero ambos tomaban mi celular con una naturalidad apabullante y lograban llegar a sus videos de youtube siguiendo un camino algorítmico secreto para guaguas tecnológicas. ¿Cómo vamos a controlar ese cambio cognitivo y paradigmático con reuniones de apoderados?
La solución anunciada por Meta, de generar cuentas para Teens, es un paso más un poco más tranquilizador hacia la búsqueda de contención de esta explosión informática. El slogan del cambio es: Protección para los adolescentes, tranquilidad para los padres. Suena promisorio y efectivo: los padres están tranquilos solo si sus hijos están protegidos.
Las cuentas para adolescentes de Instagram se instalarán automáticamente para todo usuario menos de 18 años en la plataforma (los que mientan con su edad quedan exentos de la nueva actualización, por supuesto, pero eso ya es incontrolable) y algunas características de estas cuentas teen son: las cuentas serán obligatoriamente privadas, contarán con restricción de mensajes, es decir, a tu hijo no le podrán llegar mensajes de gente que él no siga, habrá restricciones de contenido (operado por Meta, eso sí), y las interacciones serán reducidas porque no cualquiera podrá mencionar a tu hijo en otra publicación si no es uno de sus contactos.
Todas estas medidas llegan tarde y parecen insuficientes comparadas con el ingenio y recursos que los adolescentes tienen en sus manos para saltarse barreras.
Por otro lado, para las marcas, que necesitan publicitar de manera segmentada y muy especializada en espacios digitales, esto significa una restricción aún más clara del espacio que deben ocupar con sus comunicaciones. Es decir, si una empresa de videojuegos quiere lanzar un nuevo producto, lo más sensato será promocionarlo a una hora en que su público objetivo tenga la atención en el celular.
Estamos frente a un big bang. No sabemos todavía ni los alcances, ni las consecuencias. Pero lo que sí podemos hacer es aceptar primero la complejidad y vastedad del mundo virtual. Los millenials somos la última generación que sabe lo que era la vida sin celulares ni internet; después de nosotros ya no existirá ese recuerdo vivo, solo estará en los libros. Alistémonos para dejar ir la memoria romantizada de las pichangas en el barrio y las tardes de verano en que nuestros papás no sabían dónde estábamos; ese mundo se acabó y comenzó otro sin que nos diéramos cuenta. Ahora tenemos que aprender a nadar de nuevo.
Si quieres saber más sobre esta actualización, aquí hay un par de links de interés:
https://about.instagram.com/es-la/blog/announcements/instagram-teen-accounts